sam_bluesky: Ianto Jones working (as in, reading a magazine) (Default)
[personal profile] sam_bluesky
¡Qué fuerte!

Ayer estuve reconstruyendo mis directorios de música. Es algo que debería haber hecho hace al menos un año, y que llevo posponiendo desde entonces por pereza. (Obviamente, ¿por qué otra razón si no iba alguien a posponer algo?)
He recuperado una gran cantidad de música de anime, y lo sorprendente es que no la había olvidado. Me sorprende la cantidad de anime que he llegado a ver, porque mira que hay OSTs de series diferentes por mi casa, y con todas me basta leer el título para recordar la canción. Lo que más me importa haber recuperado, por eso, son las canciones cargapilas de Morning Musume y demás cantantes japoneses. ¡Si hasta tengo el dueto chino fantabuloso de love a person! Oh, cómo me gusta la canción, aunque no tenga ni idea de qué dicen...
Aún me quedan unas cuantas cajas por traer de casa de mis padres, donde seguro encuentro más discos esperando ser incorporados al directorio de música.

Pero no sólo me encontré con música. Oh, no. Navegando por los discos me topé con las diferentes versiones de mi antigua web de pokémon. Aww! Me puse a navegar por pura nostalgia y me topé con una fic cortito al que le había perdido el rastro. No constaba en ninguno de mis archivos de fics (en google!docs, básicamente), y sin embargo al leer la primera línea lo recordé.

Así que lo recupero también por aquí. Ojo a las estrellas invitadas. (No, no es un crossover, nótese la diferencia en las grafias de los nombres. Pero, oye, todo es ponerse.)

título: persecución
autor: [personal profile] sam_bluesky
género: gen
fandom: pokémon
palabras: 1.759 (MS word)
sumario: una niña huye corriendo de su perseguidora, buscando un lugar donde estar a salvo.
notas del autor:

Leyden corría por el verde prado, de un lado para otro, sin darse tiempo siquiera a respirar. Si frenaba el paso, si se permitía el lujo de detenerse aunque fuese un solo segundo para reposar, la cogería. Y no le daría ese placer. Seguiría corriendo sin fin, hasta que el mismo terreno se acabase. Dejaría atrás todo su mundo si ello la salvaba de su perseguidor. Pese a que no mirara hacia atrás, para descubrir si la ventaja inicial que había logrado seguía manteniéndose, sabía que seguía tras su pista, que no muy lejos pero tampoco demasiado cerca él se encontraba repasando su camino, siguiendo sus pasos. La pequeña chica siguió corriendo sin descanso, con dirección hacia el diminuto bosque que se extendía por la parte sur del prado, justo a los pies de Monte Plateado. Si llegaba a la espesura de los árboles, estaría protegida, a salvo. Allí podría darse un respiro... pero antes tenía que llegar.
El corazón le latía con tanta fuerza que parecía que iba a estallar. Los pulmones le ardían a cada exhalación, y los músculos de las piernas le dolían tanto que apenas podía controlar sus pasos. Presa de la excitación, sumida en un torrente de adrenalina que era lo que la seguía permitiendo correr a ese desenfrenado ritmo, no vio cómo una diminuta roca se cruzó en su desesperada carrera hacia la salvación. El pie derecho golpeó con fuerza esa piedra, que, tozuda, se negó a moverse de su sitio. El choque fue considerable, y dada la insistencia del guijarro por seguir en su posición milenaria, el pie tuvo que ceder, rebotando hacia atrás. El impulso que llevaba el cuerpo, sin embargo, impelía al mismo a seguir avanzando. Sin el apoyo del pie, Leyden perdió el equilibrio. Sin embargo, con una inusual velocidad surgida de la necesidad, acompañada de un esfuerzo sobrehumano, la chiquilla logró evitar caerse. Una caída que, sin duda, la dejaría totalmente a merced de quien la seguía.
Reprendiéndose a sí misma por semejante traspiés, que podría haber conllevado un terrible precio, la pequeña siguió al galope tendido su carrera hacia el verde amparo del follaje del robledal.
Ya casi había llegado, tan solo unos pocos metros la separaban de la seguridad que el bosque proporciona a quien se adentrara en su interior. Pese a la distancia ya podía oír el canto de los Pidgeys, que se llamaban unos a otros con agudos grititos. El característico aroma del húmedo follaje llevaba hasta ella e inundaba sus agotados pulmones, insuflándole la fuerza para no rendirse ahora que podía sentir el triunfo al alcance de su mano.
La meta estaba cercana, muy cercana. Segura de su victoria sobre su oponente, Leyden se permitió el lujo de sonreir, satisfecha por haberlo logrado. Tan solo un par de pasos y podría dejarse caer en el mullido césped, mientras el viento acariciaba suavemente sus mejillas y el lejano rumor de las cascadas de la cara Norte del Monte la mecían tiernamente en un reparador sueño ligero.
La chicha cerró los ojos, adentrándose aún más en sus fantasías de victoria. Tan inmersa estaba en la recreación que su mente creaba que no percibió un seco crujido proveniente del interior de su tan anhelado refugio.
Cuando Leyden ya se creía a un palmo de su meta, abrió los ojos. Pero lo que encontró lejos estaba de ser aquello que había imaginado. Ante ella se plantaba, imponente, un enorme Sudowoodo. La chica no lo había visto antes de entrar en sus ensueños, había salido de la nada, y se interponía en su camino. No tuvo tiempo de reacción, el pokémon roca no se apartó para evitar que se golpeara contra su dura piel, que semejaba una corteza de tronco cualquiera. El golpe fue importante, de frente. Antes de quedar inconsciente, a causa del impacto, lo entendió todo. Había sido una estúpida confiándose tan pronto. Aquél que le seguía los pasos lo había logrado finalmente, la había atrapado sin que ella lo pudiera evitar. Todo su esfuerzo fue en vano.
Leyden cayó sin sentido, pero antes de tocar el suelo, una sombra que surgió de detrás del pokémon la sujetó, evitando así un segundo traumatismo físico. El largo pelo de la muchacha, de un tono rubio que recordaba a todo quien lo miraba al suave pelaje de un Pichu (así la llamaban sus compañeros de clase), estaba pegado a la piel por el sudor, que cubría todo el rostro de la pequeña. Su respiración era acelerada, a causa del esfuerzo, y sus mejillas estaban coloradas en un par de círculos carmesíes, lo que incrementaba la imagen que daba de la pequeña criatura eléctrica. Con ella en brazos, se acercó al Sudowoodo para indicarle sus instrucciones, y ambos desaparecieron entre las sombras del bosque.



Las vaporosas cortinas se mecían con suavidad, dejando pasar la brisa veraniega a través de los ventanales abiertos de par en par, pero filtrando la luz del Sol, impidiendo así que sus deslumbrantes rayos perturbasen el descanso de Leyden. La habitación permanecía silenciosa, sólo el leve roce de las cortinas producía algún sonido. Sin embargo, su impacto era ínfimo. De no ser así, las ventanas hubiesen estado cerradas, y la habitación se hubiese refrescado con otros métodos.
Tumbada en su cama, Leyden dormía apaciblemente. Yacía de lado, con un mechón rubio acariciándole la mejilla, haciéndole cosquillas cuando la corriente llegaba hasta ella. La sábana, ligera como una pluma y de un blanco inmaculado, como las cortinas y el resto de decoración del dormitorio, protegía a la chiquilla de coger algo de frío.
Lentamente, la puerta de la habitación se abrió. Como si ésta supiese que hacer el más mínimo sonido sería castigado, giró con un silencio casi artificial sobre sus goznes, hasta formar un ángulo de noventa grados con la pared. Una figura avanzó, procurando no hacer ruido, un par de pasos y se volvió, para dejar la puerta tal y como estaba antes de su llegada. Desplazándose con un felino cuidado, llegó al lado de la cama y se sentó en la silla que allí estaba, colocada para velar el sueño de la pequeña dama.
La figura estuvo largo rato sentada, sin decir nada, sin moverse siquiera. Parecía no respirar. Tan sólo observaba, con sus profundos ojos azules, el sueño de la chica. Ésa, ajena a que había alguien en su dormitorio, estudiándola mientras dormía, se dio la vuelta, mientras murmuraba algo en sueños. La figura se levantó entonces y se inclinó sobre Leyden, preocupada por si esos murmullos eran originados por un mal sueño. Sin embargo, la pequeña sonreía abiertamente. Quizá estaba hablando con alguien, se dijo el recién llegado.
La figura se dispuso a sentarse de nuevo, cuando una voz infantil la interrumpió.

—Hiciste trampas, hermana —Leyden, completamente desvelada, se incorporó hasta quedar sentada en su camastro.
—¿Trampas? No te entiendo... —La chica se sentó en la silla, tal y como antes había hecho, y de nuevo estudió a su hermana menor. Con la diferencia de que esta vez estaba despierta.
—Pues eso, que hiciste trampa. Que seas la mayor no significa que puedas romper las reglas, Iona, es injusto. Se lo diré a Padre —Leyden se cruzó de brazos y adoptó una expresión de tremenda ofensa, aunque lo único que logró fue resultar encantadora, como cualquier chiquilla de ocho años.
—Vamos, vamos, Leyd, sólo era un juego. Perdiste, acéptalo y déjalo correr.
—Pero... ¡¡usaste pokémon!!
—¿Quieres que repasemos las normas? —Leyden asintió enérgicamente, mientras acentuaba su expresión ofendida. Iona tuvo que contener la sonrisa que se le escapaba, para no ofender aún más a su hermanita. Tras unos segundos, prosiguió—. Las reglas del juego de Zona Safari son simples: quien hace de pokémon debe escapar de quien hace de entrenador, y si llega al Robledal, se salva y gana el pokémon. Si el entrenador toca al pokémon antes de que éste llegue al Robledal, atrapa a su objetivo y el entrenador gana.
—¡Exacto! —Presa de la excitación, Leyd no pudo evitar subir una octava su ya de por sí aguda voz—. No dice nada de que puedas usar pokémon de verdad para pillarme, Iona. Si no el juego pierde la gracia. Reconoce que lo hiciste porque no me podías pillar...
—Las normas no dicen nada sobre usar pokémon o no —Iona se encogió de hombros—. Sencillamente llegué antes que tú y te atrapé. Y ya sabes que, si quieres atrapar a un pokémon, tienes que hacerlo combatir con otro...
—¡¡No es verdad!! No puedes usar un pokémon contra una persona, ¡lo prohibe el Alto Mando! —Leyd empezó a sollozar—. Además, Sudowoodo me hizo daño... —no pudo seguir, pues era presa de profundos hipidos.
—Vamos, vamos, Leyd... —Iona dejó la silla y se sentó junto a su hermana—. Si lo hice es porque eres más rápida que un Rapidash... No hubiera podido atraparte si no me hubiese teleportado con Starmie...
—En... ¿en serio? —La chiquilla rubia se frotó con fuerza los ojos, y cambió sus lágrimas por una sonrisa de satisfacción mezclada con orgullo.
—Por supuesto que sí —Iona le sonrió afablemente mientras le tendía un pañuelo que Leyd aceptó presta—. Y ahora, ¿qué te parece si descansas un poco? Aún debes estar cansada de la carrera.
—No, por favor, Iona, no te vayas. No tengo sueño... —Leyden echó un vistazo rápido por su habitación, en busca de una excusa que le permitiese que su hermana le hiciese compañía un rato más—. ¿Por qué no me lees un cuento?
—Está bien... —La hermana mayor se dirigió a las estanterías que ocupaban la pared del escritorio y miró los lomos de los libros—. Creo que hoy leeremos... éste —dijo, cogiendo un grueso volumen con tapa de cuero rojo.
Leyd asintió energéticamente desde la cama cuando su hermana le preguntó si le parecía bien. Unas letras de plata, grabadas sobre el lomo y la portada, indicaban el título de la obra, y lo acompañaba una ilustración donde un Suicune se reflejaba en la superficie de un lago. Con el libro entre sus manos, se sentó de nuevo en la cama. Abrió el volumen en las primeras páginas, saltándose el índice y la introducción del autor, y empezó a leer en voz alta. Su hermanita le abrazó, para poder ver mejor las bonitas pinturas que ilustraban el cuento, y tener más de cerca a su hermana, aprovechando ese momento de paz.
—Cuenta la leyenda que, hace muchos años, en las orillas del Lago de Cristal, que ahora llamamos Lago de la Furia, habitaba una pareja de ancianos...

February 2026

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