lost and forgotten (wish upon a star)
Apr. 11th, 2011 09:07 amA finales de Enero reuní el valor y la energía necesaria para empezar a jugar a Wii Fit Plus. Puede parecer una tontería, pero yo creo que parte de mi reticencia a empezar era ese conocimiento que pululaba por mi subconsciente que indicaba que la Balance Board ejercía tanto de controlador como de báscula.
En realidad el miedo no tenía mucha razón de ser. O, al menos, el miedo a la exposición de evidencias volumétricas. Como si uno no tuviera bastante con los espejos, ¿verdad?
La Balance Board es muy educada cuando tiene que tocar temas de peso. Ella prefiere hacerse la encantadora tirándose a tus pies (tan literalmente como el hacha de un Enano) y ofreciéndose servilmente a ser pisoteada.
Donde en realidad radica su fuerza, cuando ataca a tu moral, es cuando lanza veredictos de equilibrio. Admitámoslo, no hay manera fácil de decirle a uno que si fuera un tentetieso no habría pasado los tests más básicos, y es que todas las palabras que a uno se le vienen a la cabeza tienen tintes peligrosos. Es comprensible, por tanto, que uno arquee la ceja cuando la Balance Board concluye que eres inestable. Creedme, sería peor que me espetara que estoy desequilibrado.
La cuestión es que estuve jugando una semana de forma intermitente, probando los minijuegos: que si el de footing es aburridísimo, que si el de steps provoca sueño, que si el de las setas sumatorias me disloca la cadera, oye mira qué bien me sale la pose yoga de respiración y qué de flores me tira el entrenador personal... Hay muchos minijuegos y muchas actividades con las que pasar el rato.
Hasta me decidí a marcar un objetivo, como me recomendaba la Balance Board (maldita sea lo bien diseñada que está su voz, cómo me engatusa la joía), y me di dos meses para llegar a la franja central del intervalo de peso ideal.
Y, pasada esa semana, empezado Febrero, me olvidé del juego.
Me entretuve con otras cosas, claro. We Cheer! estaba ahí para frustrar a quien se le pusiera a tiro con su absurdo sistema de control ("¡¡Pero marcadme a qué velocidad me muevo realmente, que si no no hay manera de reajustarme!!"), My Pokémon Ranch me permitía visitar de vez en cuando a mis pequeñines (y ver qué marcha tiene
leydhen con un tambor, o cómo mi hermana siempre es atacada por pokémon de tipo veneno), pero lo que es volver a enfrentarme a la balanza y ver mi progreso respecto al objetivo, pues...
Hasta la semana pasada.
La semana pasada, después de agitar los pompones acordándome de toda la familia de Moby y del figura que pensó que estaría bien meter una canción suya en un simulador deporristas animadoras, me resigné y decidí enfrentarme al veredicto bascular.
El resultado: en dos meses he perdido cinco kilos. Lo que no sé es dónde los he dejado, porque hasta ahora no los he echado en falta, y tampoco es que se note mucho. Es cierto que los pantalones parecen sufrir una mayor necesidad de deslizarse hacia abajo (y esto es por lo que siempre tenéis que llevar ropa interior limpia, niños), pero aún me saltironea todo cuando subo escaleras y sigo sudando tan rápido como antes.
Está claro que o bien me hago gimnasta de clausura, o aquí no logro nada. Menos seguir siendo inestable, como me recuerda la Balance Board cadados días cierto tiempo.
En realidad el miedo no tenía mucha razón de ser. O, al menos, el miedo a la exposición de evidencias volumétricas. Como si uno no tuviera bastante con los espejos, ¿verdad?
La Balance Board es muy educada cuando tiene que tocar temas de peso. Ella prefiere hacerse la encantadora tirándose a tus pies (tan literalmente como el hacha de un Enano) y ofreciéndose servilmente a ser pisoteada.
Donde en realidad radica su fuerza, cuando ataca a tu moral, es cuando lanza veredictos de equilibrio. Admitámoslo, no hay manera fácil de decirle a uno que si fuera un tentetieso no habría pasado los tests más básicos, y es que todas las palabras que a uno se le vienen a la cabeza tienen tintes peligrosos. Es comprensible, por tanto, que uno arquee la ceja cuando la Balance Board concluye que eres inestable. Creedme, sería peor que me espetara que estoy desequilibrado.
La cuestión es que estuve jugando una semana de forma intermitente, probando los minijuegos: que si el de footing es aburridísimo, que si el de steps provoca sueño, que si el de las setas sumatorias me disloca la cadera, oye mira qué bien me sale la pose yoga de respiración y qué de flores me tira el entrenador personal... Hay muchos minijuegos y muchas actividades con las que pasar el rato.
Hasta me decidí a marcar un objetivo, como me recomendaba la Balance Board (maldita sea lo bien diseñada que está su voz, cómo me engatusa la joía), y me di dos meses para llegar a la franja central del intervalo de peso ideal.
Y, pasada esa semana, empezado Febrero, me olvidé del juego.
Me entretuve con otras cosas, claro. We Cheer! estaba ahí para frustrar a quien se le pusiera a tiro con su absurdo sistema de control ("¡¡Pero marcadme a qué velocidad me muevo realmente, que si no no hay manera de reajustarme!!"), My Pokémon Ranch me permitía visitar de vez en cuando a mis pequeñines (y ver qué marcha tiene
Hasta la semana pasada.
La semana pasada, después de agitar los pompones acordándome de toda la familia de Moby y del figura que pensó que estaría bien meter una canción suya en un simulador de
El resultado: en dos meses he perdido cinco kilos. Lo que no sé es dónde los he dejado, porque hasta ahora no los he echado en falta, y tampoco es que se note mucho. Es cierto que los pantalones parecen sufrir una mayor necesidad de deslizarse hacia abajo (y esto es por lo que siempre tenéis que llevar ropa interior limpia, niños), pero aún me saltironea todo cuando subo escaleras y sigo sudando tan rápido como antes.
Está claro que o bien me hago gimnasta de clausura, o aquí no logro nada. Menos seguir siendo inestable, como me recuerda la Balance Board cada