Ayer fui a la aventura de conseguir hora para el otorrino de la Seguridad Social.
Con la logopeda hemos avanzado lo suficiente en la deglución atípica para llevar unos pocos meses tratando temas de respiración, proyección de voz, vocalización y nasalidad de la voz. Pero para seguir adelante, y sobre todo ver si vale la pena trabajar en ello, antes tengo que pasar por el otorrino.
Tengo el tabique nasal desviado. Es algo tan fácil de ver que yo mismo me he dado cuenta. (Ah, mis narices... A veces me pregunto cómo serían si no hubieran tenido que soportar el peso de mis plusquamperfectas gafas durante tanto tiempo. Miedo me da cómo será dentro de veinte años, con esto de que la nariz sigue creciendo toda tu vida. Ugh.) Pero hay que ver cómo de grave es esta desviación, y si un tratamiento logopédico enfocado en la rinolalia es factible o una pérdida de tiempo.
Si el tabique estuviera muy desviado (pero mucho, mucho), podría recurrir a la cirugía. Pero una amiga me recomendó que no lo hiciera, ya que no es una zona fácil de operar y además no se garantiza que más adelante los cartílagos regresen a su posición inicial (es decir, la incorrecta.)
(Cuando me lo explicó tuve flashes del oftalmólogo explicándome el drama de las operaciones de miopía, que era algo parecido. No acabé de entender cómo un desgaste por láser de la retina lleva a los músculos oculares a redeformarla, pero eh, él es el experto.)
Lo más probable es que la desviación sea muy leve y no tenga muchas repercusiones reales, y que mi voz excesivamente nasal y mi incapacidad para proyectar la voz perdiendo aire por la nariz sea todo educacional y no físico.
De todas formas, la logopeda necesita que un otorrino le eche un ojo .Así que ayer fui en búsqueda de una visita.
La logopeda me lo puso todo superfácil: podía ir directamente al centro donde atienden los especialistas y pedir hora. A ella le había funcionado, y así se evitaba el trámite de hacerle una visitilla al médico de cabecera. Bien confiado, hacia el centro me fui, con mi mp3 tronando canciones marchosas, a las ocho de la mañana de un viernes, dispuesto a andar los veinte minutos que me separan del centro con buen ánimo y la moral alta.
Allí me dijeron que no puedo pedir hora directamente con un especialista (en este caso, otorrino) si antes no me ha visitado ya. Se ve que tiene que haber una asignación especialista-paciente para poder saltarte a tu médico de cabecera, y como yo nunca había visitado al otorrino de la Seguridad Social, pues no podían darme hora.
En realidad estaba preparado para este revés. No porque supiera de los entresijos burocráticos de los especialistas, sino porque hubiera sido todo demasiado bonito. Admitámoslo, estas cosas no me pasan a mí. Dándole de nuevo al mp3, con las canciones de Just Dance 2014 haciendo el camino más llevadero, fui hacia mi CAP.
Lo bueno de tener que ir tan lejos a ver si mendigaba hora al especialista es que el CAP me quedaba entre el centro y mi casa. Sólo tenía que cambiar mi ruta por una menos óptima y pasaría por delante del CAP. Lo malo es que no recordaba que habían trasladado mi CAP, por lo que no me sirvió de nada que me pillara de camino. (El CAP estaba trasladado desde finales de 2011, así que os podéis hacer una idea de lo mucho que voy al médico últimamente.)
Sin embargo, el KosMos debía estar tocándole las narices a otro el día que decidieron el nuevo emplazamiento del CAP, porque lo tengo justo al lado de casa. Literalmente. Bueno, literalmente no, tengo que cruzar una manzana. Oh, el drama, oh, el agotamiento. Teniendo en cuenta que antes estaba a cinco minutos de casa, es una mejora notable.
Después de pasando por casa para hidratarme un poco (que con la tontería llevaba media hora trotando a marcha rápida por la ciudad) me fui al CAP y pedí hora para mi médico de cabecera. Lo hice como los valientes, por el apellido de la doctora. Pensaba que si en todo este tiempo me habían reasignado, ya me corregirían y me dirían que mi doctora había cambiado. No sé, la última vez que la vi aún vivía en casa de mis padres, quién sabe si estaría de baja de maternidad, o de baja a secas, o directamente se habría cambiado de centro. Estas cosas pasan. (¿Quizá lo de cambiar de centro no?)
El miércoles que viene tengo una visita que será puro trámite, para que me dé hora para el otorrino. Crucemos dedos. Esperemos que la caminata de ayer haya servido para darle respuesta a la logopeda.
Con la logopeda hemos avanzado lo suficiente en la deglución atípica para llevar unos pocos meses tratando temas de respiración, proyección de voz, vocalización y nasalidad de la voz. Pero para seguir adelante, y sobre todo ver si vale la pena trabajar en ello, antes tengo que pasar por el otorrino.
Tengo el tabique nasal desviado. Es algo tan fácil de ver que yo mismo me he dado cuenta. (Ah, mis narices... A veces me pregunto cómo serían si no hubieran tenido que soportar el peso de mis plusquamperfectas gafas durante tanto tiempo. Miedo me da cómo será dentro de veinte años, con esto de que la nariz sigue creciendo toda tu vida. Ugh.) Pero hay que ver cómo de grave es esta desviación, y si un tratamiento logopédico enfocado en la rinolalia es factible o una pérdida de tiempo.
Si el tabique estuviera muy desviado (pero mucho, mucho), podría recurrir a la cirugía. Pero una amiga me recomendó que no lo hiciera, ya que no es una zona fácil de operar y además no se garantiza que más adelante los cartílagos regresen a su posición inicial (es decir, la incorrecta.)
(Cuando me lo explicó tuve flashes del oftalmólogo explicándome el drama de las operaciones de miopía, que era algo parecido. No acabé de entender cómo un desgaste por láser de la retina lleva a los músculos oculares a redeformarla, pero eh, él es el experto.)
Lo más probable es que la desviación sea muy leve y no tenga muchas repercusiones reales, y que mi voz excesivamente nasal y mi incapacidad para proyectar la voz perdiendo aire por la nariz sea todo educacional y no físico.
De todas formas, la logopeda necesita que un otorrino le eche un ojo .Así que ayer fui en búsqueda de una visita.
La logopeda me lo puso todo superfácil: podía ir directamente al centro donde atienden los especialistas y pedir hora. A ella le había funcionado, y así se evitaba el trámite de hacerle una visitilla al médico de cabecera. Bien confiado, hacia el centro me fui, con mi mp3 tronando canciones marchosas, a las ocho de la mañana de un viernes, dispuesto a andar los veinte minutos que me separan del centro con buen ánimo y la moral alta.
Allí me dijeron que no puedo pedir hora directamente con un especialista (en este caso, otorrino) si antes no me ha visitado ya. Se ve que tiene que haber una asignación especialista-paciente para poder saltarte a tu médico de cabecera, y como yo nunca había visitado al otorrino de la Seguridad Social, pues no podían darme hora.
En realidad estaba preparado para este revés. No porque supiera de los entresijos burocráticos de los especialistas, sino porque hubiera sido todo demasiado bonito. Admitámoslo, estas cosas no me pasan a mí. Dándole de nuevo al mp3, con las canciones de Just Dance 2014 haciendo el camino más llevadero, fui hacia mi CAP.
Lo bueno de tener que ir tan lejos a ver si mendigaba hora al especialista es que el CAP me quedaba entre el centro y mi casa. Sólo tenía que cambiar mi ruta por una menos óptima y pasaría por delante del CAP. Lo malo es que no recordaba que habían trasladado mi CAP, por lo que no me sirvió de nada que me pillara de camino. (El CAP estaba trasladado desde finales de 2011, así que os podéis hacer una idea de lo mucho que voy al médico últimamente.)
Sin embargo, el KosMos debía estar tocándole las narices a otro el día que decidieron el nuevo emplazamiento del CAP, porque lo tengo justo al lado de casa. Literalmente. Bueno, literalmente no, tengo que cruzar una manzana. Oh, el drama, oh, el agotamiento. Teniendo en cuenta que antes estaba a cinco minutos de casa, es una mejora notable.
Después de pasando por casa para hidratarme un poco (que con la tontería llevaba media hora trotando a marcha rápida por la ciudad) me fui al CAP y pedí hora para mi médico de cabecera. Lo hice como los valientes, por el apellido de la doctora. Pensaba que si en todo este tiempo me habían reasignado, ya me corregirían y me dirían que mi doctora había cambiado. No sé, la última vez que la vi aún vivía en casa de mis padres, quién sabe si estaría de baja de maternidad, o de baja a secas, o directamente se habría cambiado de centro. Estas cosas pasan. (¿Quizá lo de cambiar de centro no?)
El miércoles que viene tengo una visita que será puro trámite, para que me dé hora para el otorrino. Crucemos dedos. Esperemos que la caminata de ayer haya servido para darle respuesta a la logopeda.